¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en una Tuluá donde todos estemos convencidos de que habitamos una ciudad y no simplemente un pueblo grande? Esa distinción no la marcan los edificios de cristal ni el asfalto de las avenidas; la verdadera urbanidad reside en la visión compartida de quienes caminamos sus calles.
El vacío de la visión conjunta
A pesar de que cada cierto tiempo nos inundan con promesas de "la ciudad soñada", Tuluá padece de una miopía estructural. Contamos con un sector académico robusto, universidades activas, una empresa privada dinámica y una sociedad civil que empuja el desarrollo con una resiliencia envidiable. Sin embargo, falta el tejido que una estos hilos: una visión consolidada y técnica que trascienda los periodos de gobierno.
Tuluá merece recuperar su rol como polo de desarrollo regional. No solo por orgullo, sino por eficiencia: somos el centro de servicios para los municipios aledaños, ofreciendo soluciones a menor costo y con mayor cercanía que las capitales. Pero ese potencial se desperdicia sin una hoja de ruta clara.
Planear para no naufragar
La crisis climática reciente es el ejemplo más crudo de nuestra falta de previsión. La emergencia económica declarada en el periodo 2024-2025, que dejó a más de 69,000 familias afectadas en el país, no es un evento aislado; es un síntoma. Mientras las administraciones suelen responder con "pañitos de agua tibia" ante las inundaciones, la ciudadanía observa cómo el río que nos da vida se convierte en una amenaza por falta de control y aprovechamiento técnico.
La diferencia entre la tragedia y la seguridad está en la planeación preventiva. Necesitamos transitar de la reacción ante el desastre al seguimiento de datos y la entrega de información anticipada. Como bien dicta el dicho: "el que no sabe para dónde va, cualquier bus le sirve". Sin un plan a largo plazo, seguiremos tomando el bus equivocado.
El poder de la participación ciudadana
La Tuluá que soñamos amable, segura y productiva, no se construye por decreto, sino por apropiación. La invitación hoy es a organizarnos en comunidades, sectores y agremiaciones para definir ese "para dónde vamos".
Hoy contamos con herramientas que nuestros antecesores no tuvieron: la tecnología. A través de plataformas digitales y redes sociales, podemos democratizar la planificación urbana, permitiendo que la visión de ciudad no sea el capricho de un gobernante de turno, sino un contrato social inamovible.
Conclusión: La economía se dinamiza y el empleo florece cuando hay orden. Si logramos articular el turismo, los servicios y la infraestructura bajo una sola bandera ciudadana, Tuluá dejará de ser una suma de esfuerzos aislados para convertirse en la ciudad que todos queremos y, sobre todo, la que las nuevas generaciones merecen heredar.
La ciudad no se espera; la ciudad se construye.