El equipo bogotano salió con hambre desde el primer minuto. Dominó la posesión (55.2%), atacó sin descanso y convirtió el área rival en un campo de resistencia constante. Fueron 21 intentos, múltiples aproximaciones y un guion repetido: insistir, insistir… y volver a insistir.
Pero el gol se negaba. En la primera mitad, nombres como Danovis Banguero, Rodrigo Contreras y Alex Moreno lo intentaron sin fortuna. Mientras tanto, el arquero Juan Ignacio González se vestía de muralla, sosteniendo a un Boston River que resistía como podía.
El partido también tuvo su cuota de tensión: la salida por lesión de Contreras y el ingreso de Radamel Falcao, que apenas entró ya sentía el rigor del juego con una amarilla. El rival, fiel a su libreto, apostaba por el orden y por algún golpe aislado que nunca terminó de concretarse.
Y cuando el reloj empezaba a jugar en contra, apareció la magia. Al minuto decisivo, Darwin Quintero tomó el balón y, con la frialdad de los que saben, soltó un derechazo desde fuera del área que se clavó junto al palo. Golazo. Respiro. Desahogo.
El Campín exhaló alivio. No era solo un gol: era volver a creer.
La victoria no solo saca a Millonarios del fondo del grupo, también le devuelve el pulso competitivo en el torneo. Un triunfo que, más que tres puntos, significa esperanza en una copa que apenas comienza a escribir su historia.


