Lo que era un regreso cotidiano, tras una jornada de mercado, se transformó en tragedia. Campesinos, conductores y pasajeros transitaban por la vía Panamericana cuando una carga explosiva fue activada, desatando una escena de caos, dolor y desesperación.
Las víctimas no eran combatientes. No llevaban armas ni uniformes. Eran ciudadanos del común, gente de trabajo que quedó atrapada en medio de un acto violento que hoy enluta a toda una región.
De acuerdo con el reporte de Medicina Legal, el saldo asciende a 19 personas fallecidas y al menos 38 heridas, muchas de ellas con secuelas que transformarán sus vidas de manera irreversible.
El Gobierno Nacional, a través del ministro de Defensa, Pedro Sánchez, anunció una recompensa de hasta 5 mil millones de pesos por información que permita dar con el paradero de alias “Marlón”, señalado como presunto responsable del atentado.
Mientras avanzan las investigaciones, el país vuelve a enfrentarse a una realidad que duele: la violencia que irrumpe sin aviso, que no distingue rostros ni historias, y que deja cicatrices difíciles de sanar.
Hoy, el eco en Cajibío no es de motores ni de tránsito… es de memoria, de duelo y de un llamado urgente a que la vida vuelva a ser el camino.


